No basta con decir que hay que gestionar los bosques, es fundamental saber para qué y cómo se deben gestionar

Aitor Ameztegui  es Ingeniero Técnico Forestal por la Universidad de Valladolid, Ingeniero de Montes y Doctor en Ciencias Forestales por la Universidad de Lleida . Entre 2013 y 2015 hizo una estancia postdoctoral al Centre d’Étude de la Forêt de la Université du Québec en  Montreal (Canadá).  Actualmente es investigador postdoctoral (Juan de la Cierva) en el CREAF e investigador asociado del CTFC (CEMFOR).  Su investigación pretende mejorar el conocimiento sobre las respuestas de los bosques a los distintos cambios ambientales, y determinar el papel de la gestión forestal en la dinámica futura de los ecosistemas forestales.

 

¿Cuál ha sido la evolución de los bosques catalanes en los últimos años?¿Cuál es el papel del cambio climático?

En contra de lo que percibe una buena parte de la sociedad, la superficie forestal en Cataluña ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. Y no sólo debido a las repoblaciones, sino que se han producido importantes procesos naturales de expansión del bosque, sobre todo debido al abandono de las actividades tradicionales. En los años 50 y 60 las zonas rurales de Cataluña sufrieron una importante despoblación y un cambio en el modelo productivo.Como consecuencia, además de tener más superficie de bosques, también tenemos bosques más densos, con mayor cantidad de árboles por hectárea.

El papel del cambio climático ha venido a añadirse a estos cambios que ya se estaban produciendo. El aumento de las temperaturas, de los episodios de sequía, etc., pueden favorecer a unas especies sobre otras, pero actúan sobre unos bosques que ya estaban sometidos a cambios muy importantes. Sin embargo, es muy probable que el papel del cambio climático sea mucho mayor en las próximas décadas.

¿Cuáles son las consecuencias de estos cambios para el bosque, y para el medio ambiente en general?

Algunas de las consecuencias ya las estamos viendo: donde antes había un mosaico de bosques, campos de cultivo y prados ahora tenemos grandes extensiones continuas de bosque, y esto supone un mayor riesgo de propagación de incendios. Si a esto le añadimos que las condiciones climáticas que favorecen la ignición y propagación de un incendio son cada vez más habituales, tenemos un coctel perfecto. También se ha comprobado que la estructura del bosque juega un papel muy importante en cómo la sequía afecta a los árboles.

Otras consecuencias las veremos probablemente en los próximos años. Por ejemplo, se espera que episodios como la plaga de procesionaria de este año sean más comunes y explosivos en el futuro.Pero incluso sin necesidad de que se produzcan perturbaciones, los cambios que ha habido ya están afectando a la biodiversidad, favoreciendo a especies propias de ámbitos boscosos y cerrados y perjudicando a las que necesitan espacios abiertos para subsistir.

¿Y qué podemos hacer para evitar las consecuencias negativas de estos cambios?

Desde el sector forestal, no sólo desde los ámbitos productivos sino incluso desde grupos ecologistas como Greenpeace, se viene repitiendo desde hace tiempo que un problema es que los bosques no están gestionados. Y es cierto, la falta de gestión pone en peligro muchos de los bosques catalanes, al no estar preparados para las perturbaciones que se espera que les afecten. Pero no me gusta el mantra de que la solución es “gestionar el bosque”.No basta con decir que hay que gestionarlos, es fundamental saber para qué y cómo se deben gestionar. Necesitamos saber qué función deben cumplir los bosques para la sociedad y cómo podemos asegurarnos de que la cumplan. Teniendo en cuenta las incertidumbres sobre el futuro, una de las posibles alternativas es intentar que los bosques sean más resistentes y resilientes a las perturbaciones. Y todo ello en un contexto de falta de recursos y sin olvidar que la mayor parte de los bosques catalanes son privados, y por lo tanto tienen un dueño con unos intereses legítimos.

¿Y qué papel puede jugar la ciencia?

Por suerte, cada vez sabemos mejor cómo afectan los diversos factores del medio (cambio de usos del suelo, clima, incendios, sequía…) a los bosques. Pero no sabemos gran cosa de cómo interactúan estos factores entre sí, y menos aún de cómo puede afectar la gestión a estas interacciones, ya de por sí complejas. La ciencia puede ayudarnos de muchas maneras, pero una de ellas es mediante la simulación de diferentes escenarios y el análisis de qué puede ocurrir en cada uno de ellos. Para eso necesitamos herramientas que nos permitan realizar estas simulaciones, como por ejemplo los modelos de simulación. No hay que olvidar que los modelos son una representación simplificada de la realidad, pero bien usados nos permiten tener una mejor idea de qué puede ocurrir en función de las condiciones ambientales y las decisiones de gestión que se tomen.